Yo, la menos indicada

De todas las personas que podrían haber escrito sobre el mundial de fútbol femenino, soy la menos indicada. No miro fútbol. No tengo televisión en mi casa. No leo noticias de fútbol.

Me encuentro parada entre la indiferencia y el aborrecimiento. El fútbol, para mí, fue siempre el más patriarcal de los shows masivos.

Mi posición no es una anécdota que importe a muchas personas. Ni siquiera del todo a mí. Lo único interesante en este sentido es poder pensar que mi rechazo quizá no sea una experiencia individual analizable en términos -pongámosle- psicológicos o de consumo de contenidos, sino un fenómeno que se produce, una cierta forma de ser y actuar somo sujeta social, frente a un apabullante circo machista que siempre miré incómodamente.

Eso es: el fútbol siempre me incomodó. Ser espectadora anónima y silenciosa de varones que escupen en la cancha, a veces millonarios, seguro populares o al menos reconocidos; mirar un partido en cadena nacional, ser cooptada en todos mis tiempos libres por el rugido de los relatos, que el mundo se detenga en un mundial. Todos varones, en todas partes: los relatores, los comentaristas, los jugadores, los técnicos, los preparadores físicos.

En términos de género como esa división no natural sino construida socialmente, la voz de las mujeres sigue siendo colateral, secundaria. Las periodistas deportivas no ocupan aún los espacios centrales, pero al menos esa identidad (en apariencia no masculina en términos hegemónicos), circula por los vestuarios, los pasillos, los clubes. En este sentido, mi ajenidad al campo futbolero me permite ver siempre con ojos de primera vez. Y por eso veo que siempre están los mismos.

En cuanto a las mujeres, en el fútbol nos fueron asignados históricamente unos pocos lugares: si da con el parámetro cosificable, alguna será enfocada en la tribuna para unos segundos de cámara. Si se casó con un jugador, circulará como princesa consorte por el campo. Las porristas de algún partido harán malabares físicos para ocupar un ratito la cancha (ya no está de moda). Si se es pintoresca o apuntada por varonil, será una Raulito. Estar buena, ser la mujer de o parecer un varón, esas eran las opciones mayoritarias de lo femenino en el mundo del fútbol.

Porque el fútbol hasta acá fue sinónimo de masculinidad hegemónica y heteronormada.

Pero esa realidad, que no es sino que está, fue alcanzada por la marea verde. El feminismo está inyectado en casi todas las estructuras de la sociedad y habilitó la emergencia de una batalla que es histórica. El feminismo hizo visible la lucha de las mujeres del fútbol, la disputa por la equidad. No es de ahora. No hacen cinco minutos. Estas mujeres, al igual que otras, concatenan una larga tradición de feministas que hicieron el trabajo de separar la significación del fútbol -en un sentido semiótico- de la masculinidad.

En cuanto a la cobertura, los artículos periodísticos siguen apelando a las mismas construcciones para relatar epopeyas femeninas que las que usaron históricamente con los hombres: antes de los partidos se buscan notas de color referidas a los orígenes, quién es quién, de dónde viene, cómo llegó, su edad, etc.

En este punto, se sumaron algunos datos que hasta aquí no había notado mencionar: una jugadora que fue mamá recientemente, Lorena Benítez, quien fue al mundial con sus hijes de apenas un mes. Lesbiana.

Nunca, en todos los años de no mirar fútbol, escuché jamás que se contara la historia de un jugador homosexual. En este sentido, aparecen dos componentes de la identidad de la jugadora hasta aquí externas al campo de juego: maternidad y sexualidad no heternormada.

Luego, se insiste en la sensibilidad de las mujeres “que pueden hacer otro juego” a partir de la actitud de Eliana  Stábile de consolar a las escocesas al final del partido. ¿Acaso alguna vez se escribió una nota similar para hablar de un varón?

Sobre Gabriela Garton la construcción de la “doctora” fue muy interesante: la UBA se atribuyó tenerla entre sus filas y también la UNSAM. Porque las mujeres tenemos que ser algo más que jugadoras: madres recientes, lesbianas fuera del clóset, inteligentes y profesionales.

Pablo Alabarces, reconocido sociólogo, dirige sus tesis de maestría y doctorado, y contó que en realidad ninguna de esas universidades apostó por ella y de hecho trabaja ad honorem porque no le tiraron ni un centro. Gabriela hizo una tesis de grado sobre el fútbol, las mujeres y el poder, y trabajó las representaciones del fútbol ligadas a la masculinidad.

Ese es el nodo central de este problema: que el fútbol contiene todos los sentidos de la masculinidad. Me pregunto qué posibilidades encontrará el periodismo para contar una historia diferente, para volver noticiables características que no construyan muñecas para armar. Para encontrarse sin tanta decoración con la feminización del fútbol, para dejarse llevar por lo nuevo sin buscar la comparación, sin apelar a eufemismos.

Quizá el avance de las mujeres y de las no-masculinidades-dominantes a la cancha, los vestuarios, los pisos de tv, las coberturas, la AFA, las direcciones de los clubes grandes, en fin, sea la vía que haga posible una nueva forma de contar esa historia en la que la voz de los varones está empezando a sobrar.

Por María Paula Díaz
Licenciada en Comunicación Social